Hoy refloto mi caradurismo sumado al tiempo libre del que vengo disponiendo y me decidí a publicar otros de mis vergonzosos cuentos espero que alguno que no sea muy puntilloso con el uso del lenguaje disfrute de esta pequeña historia
Paula
Como lo viene haciendo desde hace casi tres años; cinco de la tarde en punto, Roberto sale de la empresa. Prefiere está puntualidad, pues se asegura así un instante para verla, más no sea a lo lejos; a correr el riesgo de esperar diez minutos más, y acertar, o no, de coincidir con Paula en su egreso. Cruza la calle; que en diagonal, lo separa del viejo bar; apura el paso para evitar mojarse. Ya nueve días lleva este temporal de fin de invierno. Enfila hacia su acostumbrada mesa junto a la ventana; la incomodidad que percibe al apoyar su espalda en el curvo respaldar, le recuerda que ha vuelto a pasar los cien kilos, y como cada vez que esto sucede, vuelve a prometerse adelgazar por lo menos veinte, esperanzado en que este improbable logro, le devuelva algo de su ya olvidada y relativa buena presencia.
No se molesta en llamar al mozo, este sabe y parece tener preparado el cortado doble, el que deja en la mesa, recibiendo apenas un ademán a modo de saludo de parte del parroquiano.
Su mirada dirigida siempre al mismo lugar; la puerta por la que el mismo salió minutos antes.
Salvo por el obstáculo de una verde cabina de la compañía eléctrica, que reduce su ángulo de visión, el puede observar por apenas unos segundos cuando Paula sale; siempre rebosando de la alegría que solo ella es dueña, sonriendo y hasta riendo con quien en ese momento se cruce por la eventualidad del tropel del fin de día laboral; el verde de la cabina, eclipsa luego la imagen de la joven, que inmediatamente se pierde al doblar la esquina, acto seguido Roberto paga su cuenta y parte rumbo a la parada del micro que lo lleva hasta su casa; en la que solo lo espera un pequeño perro; su única compañía, desde que su mujer, muerta ya en el ´91, y su hija se casara.
Solo Paula cambia su sombría vida, desde que hace casi tres años, cuando su amigo y jefe Héctor se jubilo. Ocupó su puesto un novel gerente, trayendo consigo nuevas ideas; siendo una de ellas, la reunión semanal, programada para todos los días martes, que obligaba a salir de su cubículo a Roberto.
Desde el primer día, no dejo de ocupar un lugar al lado de Paula, para ese entonces recién ingresada.
El que conocía de antaño a Roberto no podía dar crédito a la transformación que este experimentaba en estas reuniones, que recordaba su carácter primitivo de los años mozos, bromas justas, que causaban gracia a todos, especialmente a Paula, siempre llevando la voz cantante de la sesión y volviendo a ser el protagonista. Protagonismo que hizo que Héctor lo tomara como su mano derecha apenas entrado en la empresa.
Finalizada la reunión volvía al frente de su computadora; artefacto aceptado a regañadientes. Él era de la generación de la Rémington; generación que para esta nueva máquina, solo le había dejado su habilidad digital, como única herencia.
Al correo electrónico lo miraba de reojo y solo saltaba encima del teclado cuando la bandeja de entrada indicaba: mensaje entrante de Paula, el cual siempre contestaba al instante.
Pero este martes; abrió la puerta de la sala de reuniones y su lugar estaba ocupado; la exasperación que lo invadió fue tal, que convulso por dentro, solo atinó a quedarse parado justo debajo del marco de la entrada. Paula, aún de pie acomodando sus papeles, al darse vuelta, lo ve y se le acerca... tan cerca que Roberto por primera vez siente su fresco aliento; si bien muchas veces se habían besado en la mejilla (los besos de Paula eran francos y sinceros, no esos de protocolo o compromiso, al aire o apenas tocando el pómulo) no habían alcanzado para que Roberto alcanzara a percibir esa frescura que recibía en ese momento, de su pequeña y hermosa boca que procuraba ensayar una morisqueta para intentar y lograr robarle una sonrisa
- ¿Qué te pasa, estas enojado? –
Si Paula lograra descifrar la frase que se componía en ese mismo momento en la mente de Roberto... cosa nada raro en ella, no sería la primera vez que lograra acertar sus pensamientos... Estoy perdidamente enamorado de Vos mi pequeña; enamorado de una quimera por el abismo de años, belleza y mi cobardía que me hace saber, que nunca me animare a confesarte cuanto te necesito. Cerró sus ojos suspiro lo más disimuladamente que su estado le dejaba, los volvió abrir y esbozo.
- No, nada; problemas pasajeros, nada más - mintió
Busco una silla vacía, y permaneció intratable, circunspecto, expresando solo comentarios en contrario. En un determinado momento Paula circunstancial debe abandonar la reunión, Roberto, como nunca había hecho, hasta hoy, se levanto, dio una excusa trivial y retorno a su cubículo, antes de que Paula regresara.
Sin noción del tiempo transcurrido, un sonido electrónico y el rectángulo “Tiene correo nuevo en su bandeja de entrada” en el monitor de su computadora; lo saco de su condición onírica.
El asunto exponía: “Puedo”
preguntarte ¿que te pasaba en la mañana?
me parece que algo te molestó demasiado
y me preocupas
Esta vez no pudo contestar de inmediato, tuvo que pensar demasiado como para inventar algo creíble, se tomo todo su tiempo y contesto, como cuando redactaba las ya desusadas cartas manuscritas, alejadas de este lenguaje telegráfico que el modernismo imponía.
Mientras, especulaba, sin quitar la vista de la salida del edificio; no estaría mal de vez en cuando fingir un enojo para que así Paula le prestara ese poco de atención, que lo hacía tan feliz, de este pensamiento lo saco un golpe en el vidrio de la ventana del bar y la imagen de sus desvelos, que apoyando su mano en su boca le tira un beso para después reír con esa risa que solo ella es dueña, para después salir, urgida y obligada por la lluvia, hacia su acostumbrado camino de todos los días, apenas hoy modificado para llenar de felicidad a un Roberto que, ahora también sale riendo rumbo a la parada del micro que lo lleva hasta su casa.
El cuadro de la ventanilla del micro pintó, desvanecido por la torrencial lluvia, el paisaje que le indicaba que su parada era la próxima, tintineó el tono de mensajes en su celular, teléfono inútil, que su hija insistió que el poseyera - por cualquier cosa que suceda Papá – argumento. El identificador del aparato exhibió el nombre Paula, número que no había usado nunca pero que fue el primero en ser almacenado en su memoria. Como con los correos electrónicos, el necesitaba responder inmediatamente ese mensaje, se apresuro a levantarse de su asiento para bajar y contestar a Paula, que lo tenía sorprendido, en un día que ella le lleno de agradables sorpresas. Justo el semáforo le daba paso, apuro en cruzar por delante del micro, debía contestar, el fuerte viento hacía que la lluvia fuese prácticamente horizontal, apunto su paraguas contra el agua y el transito.
Los gritos de advertencias quedaron diluidos por el crispante sonido del bocinazo; el paraguas embolsado y destruido por el viento siguió en un ruedo y rebotes errantes. En el charco turbio; terreo; que lentamente mutaba a rojizo; laxo, yacía, el ahora, cadáver. Solo contrastaba con dicho estado, dos cosas: la sonrisa en sus labios y su mano derecha que inconcebiblemente se empeñaba en aferrar aún el teléfono, con su dedo pulgar apoyado en el Ok del teclado.
Las gotas de lluvia que acertaban repicar sobre la pequeña pantalla se deslizaban como si ahora fueran lagrimas del mensaje reflejado con parte de sus letras grabadas en mayúsculas
– no se que te pasa pero
TE AMO
Paula-
Innecesariamente firmado como si no hubiera sido la primera en ser almacenada en la memoria del celular.
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